Los sabios remedios de la abuela

Antes de ser médicos, durante la carrera e incluso tras finalizar esta, una vez que nos hemos colgado el fonendo al cuello, con frecuencia hemos oído hablar de los “remedios de la abuela”.

Son esos consejos que algunas veces nos daba la propia abuela pero que, en otras ocasiones, provenían de nuestra madre o padre, de una tía y hasta de un vecino. “Remedios de la abuela”, sí: dichos, costumbres y aforismos de la medicina popular que todos hemos puesto en práctica en alguna ocasión. Y que también, muy probable, hayamos recetado a nuestros pacientes.

Estos remedios suelen ser bastante inocentes y, como muchas medicinas alternativas, no sabemos si realmente producen efectos positivos, pero es muy posible que tampoco nos dañen. Eso sí, basta con que nos lo diga nuestra madre para que le hagamos caso y para que, además, nos sintamos mejor. Antes de reflexionar sobre su posible utilidad, recordaremos algunos de estos consejos.

Cuando caemos enfermos siempre hay que tomar vitamina C, vehiculada a través de un zumo de naranja. No puede faltar nunca, puesto que es beneficiosa para casi todo: para las defensas (estas en cursiva, en su acepción popular que las considera como una protección general e inespecífica del organismo), para recuperarse, para el catarro y hasta para el estreñimiento. Para que los niños crezcan lo que tienen que hacer es dormir; dormir mucho, y sabiendo que después de estar malitos, los niños dan un estirón, por lo que “no hay mal que por bien no venga”.

En los casos de bronquitis y laringitis (y para la tos en general) es mandatorio tomar una sopa o un zumo de cebolla, porque “hidrata” las mucosas y ayuda a expectorar. Ante la faringitis, la laringitis y la afonía, un vaso de leche caliente con miel, porque “calma la garganta», lo mismo que hacer gárgaras con agua tibia y sal, que ayuda, además, a «desinfectar». Y si hay congestión nasal, los vapores con eucalipto obran milagros, máxime si se les añade tomillo.

Las infusiones son muy recomendadas por nuestros mayores. Para la «retención de líquidos» (imaginamos que son los edemas) el té, porque es diurético; mientras que para la ansiedad la infusión es de tila, y para conciliar el sueño el remedio más eficaz es la valeriana.

Para los traumatismos varios (en especial para los chichones) lo indicado por la abuela es un vendaje compresivo con una moneda empapada en aceite, presionando la zona del trauma para evitar que el chichón crezca; aunque hay abuelas que también recetan la colocación de un bistec de carne cruda. Las picaduras de avispa mejoran con la aplicación de ajo (bueno para casi todo en la medicina popular española), un poco de barro o vinagre.

En las zonas rurales de España se ha usado, en tiempos pasados, la urea (la orina) aplicada sobre heridas incisas y para evitar las grietas de las manos. Recordemos aquí al entrañable Azarías, personaje de Los Santos Inocentes (1981), obra maestra de Miguel Delibes, encarnado magníficamente en la película de Mario Camus por Paco Rabal. Azarías no dejaba pasar la oportunidad de orinar para rociarse las manos con urea.

Ya sabemos lo importante que es esperar dos horas después de comer, y entrar al baño poco a poco para que no se «corte la digestión» (hidrocución, en términos médicos). Para hacer bien la digestión, o para el empacho, qué mejor que tomar un «digestivo», que puede ser desde un licor de hierbas hasta un Pedro Ximénez o un orujo; y si están fresquitos, aún mejor. Efectivamente, después de comer un suculento chuletón con patatas y un arroz con leche, lo recomendado para digerirlo es añadir alcohol al tubo digestivo…

Para las verrugas y los callos, un diente de ajo, mucho mejor que la crioterapia; y aceite para las quemaduras del sol. Para el acné adolescente, además de no tomar chocolate, hay que evitar la masturbación… Y podríamos seguir un amplio recorrido por todos y cada uno de los sistemas y aparatos encontrando, en la sabiduría popular transmitida por nuestros mayores, todo un tratado de medicina interna de la talla de un Harrison o el mismísimo Farreras.

Aunque estos remedios no lo podemos equiparar al hecho, por ejemplo, de acudir a Lourdes para sanar o bien rezar tres padrenuestros para aprobar el MIR, al menos hemos de que cuestionarlos. Como hemos señalado, en general son inofensivos, y no pasa nada si alguien se unta ajo en la picadura de una avispa, si toma un vaso de leche caliente con miel en una faringitis o una infusión de té para la “retención de líquidos” (salvo si bebe dos litros y realmente tiene edemas por una patología médica). Sin embargo, más allá de su inocencia, resulta difícil calibrar su verdadera eficacia.

Sin que se pueda descartar que alguna de estas medidas tengan un efecto terapéutico (efectivamente, si presionamos con una moneda un chichón, es posible que crezca menos, pero puede ser peor el remedio que la enfermedad), lo más probable es que el beneficio real se deba al efecto placebo y al bienestar que produce aplicar estas medidas.

Se trata muchas veces de remedios inocuos para males menores y, como señalaba Voltaire, “el arte de la medicina consiste en entretener al paciente mientras la naturaleza cura la enfermedad”. Si mientras la naturaleza cura, nuestra abuela nos ha preparado con todo cariño un vaso de leche con miel o nuestra madre nos dice que hagamos gárgaras con agua y sal, pasaremos mucho mejor el trance de la enfermedad. Porque, parafraseando a Schopenhauer, ”la salud no lo es todo, pero sin ella todo lo demás es nada”, y cuanto antes y mejor superemos la afección, mucho mejor. En una cosa sí estamos completamente de acuerdo con las abuelas, las madres y los vecinos: para las ojeras, lo mejor es dormir.

Comentario de Falceño

La Medicina Popular tiene una gran raigambre social. Su origen rural la hizo (y la sigue haciendo) sumamente asequible, por lo que es motivo de su consumo habitual. En los EE.UU.AA, supone, en volumen económico, la misma cuantía que el presupuesto dedicado a la atención primaria de salud, en términos generales.

Sin voluntad de realizar ninguna apología al respecto, significar aspectos como la cercanía, inmediatez, conocimiento directo, escucha, contacto (ritual: “imposición de manos”), lo mágico, lo desconocido, la tribulación, la inseguridad, el conocimiento, la experiencia, la repetición, la tradición oral, el efecto placebo, lo misericorde, pero también, la demora diagnóstica, el intervencionismo fútil, la ignorancia, la desesperación, la falsa esperanza.

Otra reflexión adicional pudiera ser la iatrogenia, la alienación del ser humano en la vorágine loca cotidiana y la imperiosa necesidad de la prevención terciaria y cuaternaria, más allá de la educación en salud, precoz y sostenida, siempre resocializadoras.

La Medicina “Oficial” es generadora, en su práctica, hasta de un 30% de las patologías que sufre o aqueja el ser humano, por lo que la “paus para meditaçâo” es más que obligada, sin ser ello óbice para mejorar la educación de la población respecto de la salud en general, para evitar caer en la trampa de los “falsos milagros” de la curandería tradicional, amén de lograr un mejor control de la economía soterrada que conlleva.

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