Y, SI RESULTA QUE EL RIESLING ERA IGUAL QUE EL PINOT NOIR

 

El rey de las variedades de la Borgoña con el que se elaboran vinos muy populares, el pinot es considerado como el principal, por su capacidad de expresar una infinidad de terruños. Siendo uno de sus competidores más relevantes, el riesling.

 Remontándonos probablemente a unos más de 2000 años antes de nuestra era, el pinot noir dió origen a una gran diversidad clonal, a numerosas variantes de sí mismo. Con el paso del tiempo mutó espontáneamente – un hecho, corriente en la naturaleza -, creando, por no citar solamente a los más clásicos, el pinot noir, blanco, gris, meunier y teinturier. Estas variedades presentan diferencias a simple vista y, cuyo ADN es casi idéntico, si bien, desde el punto de vista genético, son prácticamente imposibles de distinguir. Pero el pinot noir no se limitó a una diversificación en solitario, ya que desde los primeros vinos, las cepas viajaron al ritmo de los hombres. Por ello hallamos plantadas cepas de pinot noir en lugares lejanos a su origen primigenio junto a otras variedades uvales. La proximidad ayudó, gracias al crecimiento espontáneo – principalmente con el gouais blanc, con el que se entiende muy bien – el pinot se reproduce de forma muy prolífica. Así nacen las variedades chardonnay, gamay noir, aligoté e incluso el auxerrois. El lugar y la sensibilidad se expresan mejor. Así, la menor variación del sol y de la exposición de la parcela se transcribe al vino de forma fidedigna. Hasta tal punto que a través de los siglos, los climas borgoñones se han hecho presentes en el increíble mosaico de parcelas de sus viñedos con nombres que todos los que amamos el mundo del vino nos vienen a la memoria.

El riesling como ejemplo de combinación perfecta del rigor germánico y de la creatividad latina

Se trata de una de las variedades más antiguas de Alemania, probablemente nacida en el Rheingau, el riesling se ha presentado habitualmente como resistente a las mutaciones, que dió nacimiento a una hermosa diversidad clonal. Todo un espejo fiel del terruño en el que se halla enraizado. Sin olvidar un pequeño detalle genealógico: el riesling sería una medio hermana de los hijos del pinot noir, del gouais blanc pero de padre desconocido.

En consecuencia, el riesling ofrece no solamente una instantánea del terruño, sino que también una personalidad complementaria a la del pinot noir. Más aún cuando este último se muestra muy puntilloso respecto al suelo, al clima y al modo de cultivo, el riesling se cultiva en una gran variedad de suelos, con esquistos, granito, cuarcita y grés, pero siempre en el seno de un clima fresco en parcelas con una buena exposición solar. Gracias al rigor prusiano y a su amor al cálculo, el viñedo alemán se clasificó dentro de los climas y lugares (“climats et lieux-dits”) en el curso del siglo XIX, lo que le hizo ser un embajador de la diversidad geológica germana. Contrariamente al viñedo francés que tras la crisis de la filoxera fue replantado con injertos que incluyeron al pinot noir, el riesling sigue plantándose a pie franco en los numerosos viñedos alemanes.

Riesling
Riesling

En términos de aromática, del riesling han nacido vinos blancos equilibrados, brillantes, de sutil frescura con bajo contenido alcohólico. A pesar de su aparente ligereza, los mejores pueden envejecer durante varios decenios e incluso durante un siglo. Los hay secos, dulces con o sin burbujas, cada uno de ellos con el distintivo del terruño a pesar de su gran diversidad. Pero, ¿por qué el riesling no goza del mismo renombre que el pinot noir? Objetivamente, los dos nada tienen que envidiar el uno del otro. Además, en 1930, los vinos de élite alemanes  se vendían más caros que los grandes crus franceses más prestigiosos, tanto secos como dulces, en toda Europa. Solo hay que ojear las antiguas cartas de vinos de los restaurantes, la contabilidad de las bodegas y la documentación de los comerciantes de vinos (négociants), para comprobarlo.

Un decalaje de la notoriedad que tiene su explicación en la Alemania de posguerra

Hay que decir que la Alemania de la postguerra, con una economía de rodillas ante los países del mundo entero, en plena reconstrucción, la producción vinícola estaba enfocada a la cantidad antes que a la calidad. La modernización de la viticultura destruyó las numerosas terrazas y bancales milenarios, con el objeto de plantar en llano, sin pendientes facilitando el laboreo y el paso de la maquinaria agrícola. Además el riesling es una variedad capaz de producir calidades de grand cru con un alto rendimiento (70 hl/ha). Todo ello llevó al abandono del cultivo de las parcelas en pendiente, por su dificultad en ser trabajadas, propias de la viticultura heroica. Se podría decir que los viticultores habían abandonado durante algunos decenios el amor al terruño, a la herencia artesana y a sus ambiciones y anhelos. Como resultado: hasta 1980, salvo algunas excepciones más cercanas, el mercado se ha visto invadido de vinos flojillos, a los que se añade azúcar para conferirles algo de madurez. Una imagen todavía presente en la memoria colectiva francesa, es que el riesling rehusó a su carta de nobleza perdiendo dulzura. Y en efecto, desde 1990, el nuevo riesling renovado, ha logrado su esplendor de antaño, puesto en valor por sus talentosos vinateros. Hoy en día, los grandes riesling no tienen nada que envidiar a los grand crus de la Borgoña, con la ventaja de tener precios más bajos y asequibles. Así, podemos encontrar grands crus a menos de 100 €, viéndolos a unos 30 €, los de los mejores productores/elaboradores producto del trabajo de auténticos orfebres sobre las pendientes vertiginosas y difíciles del país germano a diferencia de las de la Borgoña.

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