Vinos árabes

Túnez

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El esquema del vino en Túnez parece calcado de su vecina Argelia. Primer desarrollo de la vid por parte de las antiguas civilizaciones, estancamiento en la época musulmana, gran desarrollo bajo la dominación francesa (1881-1956), nuevo estancamiento y resurgir actual. Pero veámoslo con más detalle.

Fueron los cartagineses los grandes impulsores de la viticultura, en torno a su capital, Cartago. Tras la caída de Cartago, los romanos siguieron sus pasos en la industria del vino. Cuando los musulmanes llegaron a Túnez en el siglo 7, se abandonó la producción de vino. Esta situación se mantuvo hasta que el califato otomano cayó y comenzó la ocupación francesa, y con él cientos de colonos tomaron el control de las tierras de cultivo plantando cepas de origen francés, viviendo entonces una época dorada y llena de prestigio.

Cuando Túnez alcanzó la independencia en 1956, los agricultores tunecinos tomaron de nuevo el control de sus tierras, arrancando la mayor parte de los viñedos, sobre todo por motivos religiosos. Se vivió entonces una época prácticamente muerta para el vino, hasta que en la década de los 80 se crearon cooperativas especializadas que contaron con la ayuda de ingenieros, volviéndose a plantar miles de hectáreas. Además, las autoridades tunecinas han alentado a los inversores extranjeros a entrar en este campo, con la creación de una serie de incentivos. Un ejemplo de ello es la bodega de Alain Stegmann, que exporta a Bélgica, Rusia y Senegal, con planes de expansión en Canadá.

A diferencia de sus vecinos, este es uno de los países más occidentalizados del norte de África. Esto se nota en sus costumbres. Así, aunque sea un país musulmán, el promedio anual de consumo entre los tunecinos es de 8 a 9 litros. La economía de Túnez es eminentemente agrícola, cultivando además de la uva, los cereales, hortalizas, olivos, frutas y dátiles. La producción de vino ocupa el tercer lugar en la agricultura tunecina, detrás de aceite de oliva y el trigo.
En cuanto al clima, debemos distinguir la zona costera, con un clima claramente mediterráneo, y la zona interior, con un clima seco y árido. Aquí la influencia viene dada por parte del río Medkerda, que es el único curso permanente de agua.

La superficie dedicada a la vid es de 27.000 has. Los viñedos se encuentran sobre todo al noreste del país, y en torno a la capital, Túnez. Posee cuatro grandes zonas vitivinícolas en las que se centra gran parte de la producción de vinos: Cap Bon (D.O. Morgan, Muscat Kelibia y Sidi Salem), Túnez (Grand Cru Mornag y Coteaux de Tebourba), Bizerre (Coteauz d´Utique) y Beja-Fendouba (D.O. Thiba).

De acuerdo a la ley del vino de 1957, Túnez dispone de un sistema de clasificación de cuatro niveles: vins de consommation courante, vins supérieurs, vins de qualité supérieure, y la denominación de origen controlada.

Las principales variedades cultivadas son Cariñena, Garnacha, Clairette, Beldi y Cinsault, destacando además la Moscatel de Alejandría, que ofrece unos de los mejores vinos del país. Están especializados en esta uva los viñedos alrededor de Bizerte, en el norte, al igual que los de Hammam-Lif, a las afueras de Túnez, y alrededor de Grombalia y Bou-Arkoub, en el este del país.

Vieux MAGON

Este vino se produce en el area de Mornag, situada en la parte nororiental del país, abierta al mar y beneficiada por el clima mediterraneo. Esta región honra al cartaginés Magón, alabado maestro agrónomo y enólogo, que cultivó sus uvas cerca de la villa de Majus, en el sur de Cartago, y del cual ciertas normas son todavía usadas.

Las uvas de Syrah y Merlot son cosechadas a mano y procesadas tradicionalmente con un riguroso control de sus temperaturas. Una maceración de 15 días permite la extracción del máximo de aromas y componentes fenólicos. Entonces el vino pasa 12 meses en barricas de roble francés para posteriormente ser refinado en botella en la bodega “La Fontaine aux Mille Amphores”. Su color rubí oscuro y sus reflejos púrpura, su aroma a frutos rojos como la cereza y la ciruela, a tostado y vainilla , su altura en boca y su obstinación, permiten a este vino maridar perfectamente con carne de vaca , asada o a la parrilla, o con pimientos rellenos.

No resulta en absoluto difícil de entender que en Túnez se pueden conseguir vinos de una calidad por encima de lo normal. Su condición mediterránea, las especiales características de sus terrenos y la tradición aposentada por los romanos, son otras tantas premisas que permiten componer el silogismo directo de unos vinos agradables, bien construidos, de fino paladar y de buenas condiciones para acompañar los distintos platos de una cocina variada y sabrosa. De la misma manera que ya ocurre en otros países del norte de África, como Marruecos y, sobre todo Argelia, la industria vitivinícola ha conseguido cotas de elaboración que sobrepasan los niveles normales de producción de un continente en donde hay que desplazarse bastante al sur, y más concretamente a Sudáfrica, para hallar caldos merecedores de acompañar menús de una cierta calidad y en ambientes elegantes.

Otra de las circunstancias que han propiciado el nivel de calidad de los vinos tunecinos es la influencia que en toda la zona ha tenido, en diferentes etapas de su historia, la cultura gastronómica francesa que ha tenido gran importancia en algunos de los aspectos más sobresalientes de la evolución de los manjares tradicionales a los cauces de los gustos más occidentales con lo que el vino no podía ser una excepción en el desarrollo de una cultura que se ha asentado con éxito en un país dotado de todos los elementos necesarios para aprovechar los mejor de las diferentes culturas que han pasado por su territorio.

Muchas son etiquetas que jalonan la historia vinícola de Túnez a diferentes niveles de calidad, aceptación e incluso precio, aprovechando la amplia producción de viñedo que se sitúa en el norte y nordeste del país, sobre una superficie de más de diecisiete mil hectáreas, divididas en siete zonas que cuentan con sus respectivas denominaciones de origen cuidadosamente controladas. Se cultiva con profusión la uva de la variedad carignan que constituye la mayor parte de las plantaciones, aun cuando no faltan viñedos de Cabernet Sauvignon, Syrah, Merlot o Muscat e incluso Alicante, Chardonnay, Garnacha o Pedro Ximénez.

Vinos blancos, rosados y tintos se integran en las cartas de los restaurantes y en las estanterías de los establecimientos especializados ofreciendo la diversidad de sus aromas y sabores desde una atractiva variedad de nominaciones que adoptan rótulos tan sugerentes como Amour, Nostalgie o Transparence y evocan personajes como César Auguste , Omar Khayam o Princesse Elisa, sin despreciar los clásicos “chateaux” o “cuvée” de tradición gala.

Si hubiera que seleccionar algunos de los tintos más populares, no se podría evitar mencionar el Selian 1er. Cru, de la denominación de origen controlada de Sidi Salem y elaborado por la bodega de Domaine Neferis. Un monovarietal de Carignan, ligeramente afrutado y de agradable permanencia en boca, Le supera, sin embargo, a juicio de este modesto comentarista, L´imperial Magnus del Château de Saint Agustin, también de Sidi Salem que, constituido por un cuidadoso “coupage” de uvas Mourvedre, San Giovese y Pinot, proporciona un agradable recuerdo a frutas rojas con ligeras notas de madera en su compleja estructura en boca. Más sencillo en la elaboración pero no por eso menos homogéneo, es el Reine Elissa, de la denominación Mornag, que elaboran Les Vignerons de Carthage con Cabernet Sauvignon y Syrah cuya permanencia es tan apreciada como el fino aroma que proporciona su elevada apertura a unos aromas plenos con insinuaciones tánicas bien estructuradas.

Esta misma bodega elabora un rosado, etiquetado como Gris de Hammamet y elaborado a base de Cinsault, garnacha y Carignan, dotado de una destacada frescura y una bien conseguida finura que lo hace aparecer como bien equilibrado. Entre los blancos sería injusto omitir el César Auguste del Château de Saint Agustín (Clairette y Sauvignon) de muy complejo paladar en donde aparecen toques de vainilla y limón que lo convierten en un vino fácil y limpio que conjuga bien con los excelentes frutos de mar de la costa tunecina. Otro blanco que destaca por su frescura y ligereza es el Château Hannon, del Dominio del mismo nombre, (Pedro Ximènez y Chardonnay) que ostente un merecido lugar destacado entre los blancos tunecinos.

Finalizo este recorrido por algunos de los vinos tunecinos más populares en las buenas mesas de este país mediterráneo, con una referencia al Muscat Seco de Kélibia (de la misma denominación de origen), elaborado con uvas Muscat de Alejandría y cuyas características afrutadas y su complemento floral le hacen ofrecer una considerable finura en boca, muy apreciada por los amantes de los vinos blancos y ligeros.

Siria, la gran Siria

El vino más peligroso del mundo

En un país roto por la violencia sectaria fraguada años atrás por la remota y vergonzosa injerencia extranjera, Sandro y Karim Saadé, hermanos y miembros de la comunidad cristiana siria elaboran el milagro de la resistencia y de la dignidad humana, elaborando el vino Bargylus, en palabras de Jancis Robinson, “el mejor vino del mediterráneo oriental”. Con un magnífico terroir y el apoyo de Stéphane Derenoncourt, (consultor de vino francés), los dos hermanos Saadé, desde Beirut dirigen la producción, si bien con grandes dificultades logísticas.

En Bargylus desde 2003 existen personas de todas las etnias: cristianos, sunís, alauíes, trabajando todos juntos en un ambiente secular y apolítico. En tanto el país se desgarra por la violencia sectaria, simbolizando el vino la continuidad, la resistencia y la solidaridad entre grupos.

El vino Bargylus está compuesto por dos tercios de Syrah y un tercio de una combinación de merlot y de cabernet sauvignon. Su complejidad y su mineralidad son el resultado de ese magnífico terroir con suelo arcilloso-calcáreo.

La vid floreció en las laderas de la montaña Bargylus en época greco-romana e incluso antes cuando los fenicios exportaban las uvas al antiguo Egipto en la era faraónica.

El precio de la botella entre 30 a 40 €, y un rendimiento del cultivo (1 kg por cepa en contraste de los 4 o 5 kg), en el tamaño de la finca (12 hectáreas) y la cantidad final de vino (alrededor de 40.000 botellas cada año) para el deleite humano.

Argelia

Argelia es uno de los países productores de vino más antiguos del mundo. Su ubicación a orillas del Mediterráneo y muy próxima a antiguas civilizaciones ha hecho que a sus costas llegaran multitud de pueblos que han sabido aprovechar las oportunidades que estas tierras les brindaban.

Primero los persas o los egipcios y después fenicios , griegos y romanos, fueron introduciendo diversas variedades de vid que cultivaban para su abastecimiento, en especial los romanos que utilizaron estas tierras como la despensa de Roma.

En el siglo XII, nuevas variedades fueron introducidas desde Egipto y más tarde, los moros expulsados de España llevaron variedades como la Macabeo o la Garnacha.

Los viñedos se instalaron en las regiones próximas al Mediterráneo, como Zaccar, Medea, Tlemcen, Dahra o Mascara, aunque variedades más resistentes fueron plantadas en las primeras estribaciones de la cordillera del Atlas.

Cuando los franceses llegaron a Argelia en 1830, introdujeron variedades como la Ugni, Cinsault, Mourvedre, Alicante-Bouschet, Plante Mula y Cabernet. Además,

Argelia tuvo la suerte de no haber sido afectada por la filoxera, por lo que, mientras que los viñedos franceses fueron prácticamente devastados por la epidemia a mediados del siglo XIX, el viñedo argelino aumentó su producción para abastecer las necesidades de numerosos viticultores franceses.

Los vinos de Argelia tienen su propio carácter único resultado de una combinación de ricos suelos de arena (lo que detiene la proliferación de insectos ) y un clima cálido, suavizado por las montañas del Atlas al sur, que lo separan del desierto, y el Mediterráneo al norte, que le aporta humedad.

En la actualidad destacan dos grandes zonas vinícolas sobre el resto: Orán (con las denominaciones ­AOG­ de Coteaux de Tlemcem, Coteaux de Mascara y Monts de Tessala) y Argel (con las denominaciones de Coteaux de Zaccar, Dahra, Médea y Din Bessem Boiura).

En cuanto a las variedades destacan en las tintas la Alicante Bouschet, Grenache, Cinsavet, Mourvedre, Cabernet Sauvignon, Merlot y Cavignan y en blancas la Ugni Blanc, Muscata, Pedro Ximénez, Merseguera, Torouine, Farranah y Chardonnay.

Vinos del Líbano

Cedro libanés en el Bosque de los cedros de Dios.

Los Fenicios fueron uno de los primeros pueblos de la Historia en elaborar vino de la cepa vitis vinífera. Hace miles de años el Líbano se conocía como Fenicia.

Este pueblo propagó la cultura del vino primero a Egipto y después por el resto del mediterráneo, ya que fueron un pueblo dedicado al comercio y transportaban ánforas de vino y vides en cada zona en la que se establecen.

Pero no es hasta 1857, cuando un grupo de monjes jesuitas fundan el chateau Ksara en el valle del Bekaa plantando vides, es cuando empieza la historia moderna del vino en El Líbano.

En este Valle del Bekaa es donde se establece el viñedo, a una altura de más de 1000 metros, resguardados por las montañas que corren paralelas a la costa mediterránea. El clima se caracteriza por largos veranos templados, inviernos lluviosos, y una temperatura promedio de 25 grados. Las bodegas más conocidas son Ksara, ubicada en una gruta natural descubierta por los romanos, la temperatura de los túneles es ideal para el vino, manteniéndose todo el año entre 11 y 13 ºC.

Destacan las variedades Cabernet-Sauvignon, Syrah, Semillon, Grenache, Sauvignon-Blanc, Cinsault y Merlot. Una bodega que destaca es Château Kefraya con una extensión de 300 hectáreas al sur de la ciudad de Chtaura a una altitud de 950 a 1100 m. en un suelo arcilloso, con limo y piedras, junto con una luz solar excepcional, sin lluvias durante 6 a 7 meses al año. Las variedades más comunes son Carignan, Syrah, Mourvedre, Grenache, Cinsault, Cabernet-Sauvignon, Clairette y Chardonnay.

Vino palestino

 

Hace casi 20 años Nadim Khoury creó la primera fábrica de cerveza en Palestina y ahora, junto a su hijo Canaan, aspira a colocar la región en el mapa mundial del vino. Aprovechando el éxito de aquella fábrica, los Khoury fundaron su empresa agrícola en 2013 en el pueblo montañoso de Taybeh, cuando Canaan volvía de Estados Unidos tras terminar sus estudios. La familia Khoury, cristiana, es una de las pocas que produce vino palestino, como los hermanos salesianos del monasterio de Cremiso, cerca de Belén. Pero en Cisjordania subsisten cerca de veinte variedades de uva.

Las uvas, cultivadas en terrazas, en colinas escarpadas o junto a la carretera, son uno de los principales productos agrícolas palestinos, por detrás de las aceitunas. También se usan mucho en cocina, en forma de zumo o como postre, y las hojas de viña, rellenas de arroz o carne, ya son todo un clásico.

Los viñedos representan el 5% de las tierras cultivadas en Cisjordania y cada año se producen 50.00 toneladas de uva, según el Ministerio de Agricultura palestino. Pero los palestinos, musulmanes en un 98%, casi no producen vino aunque la viticultura no es desconocida en el territorio: Israel lo ocupa desde hace cerca de medio siglo y muchas colonias, ilegales desde el punto de vista del Derecho internacional, elaboran vino.

Para la familia Khoury, de la comunidad cristiana que representa el 90% de la población de Taybeh (una de las más altas de Cisjordania) producir es también la voluntad de perpetuar la tradición milenaria de la vid en estas tierra.

“Desde los tiempos de Cristo la gente hace vino en Tierra Santa”, dice Nadim Khoury, cuyo nombre en árabe hace referencia a un personaje tradicional, bebedor, que ya parece en la poesía preislámica. “Mi abuela y mi abuelo ya pisaban la uva en su casa”, recuerda la hija de Nadim, Madees.

De las barricas de roble de los Khoury, fabricadas en Francia e Italia, salen cada año entre 30.000 y 35.000 botellas de cabernet sauvignon, merlot y syrah, tanto de vino blanco como tinto.

Más al sur, cerca de Hebrón, considerada una de las ciudades más conservadoras de Cisjordania, los Khoury cultivan la zeini, una casta local, que da un vino perfumado y un poco ácido, ideal para combatir el calor del verano o para acompañar un pollo a la parrilla.

Ahora quieren que la zeini sea reconocido como la primera casta autóctona palestina. Pero exportar un vino con ese nombre en las botellas no es fácil. “Los acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, por ejemplo, hablan de ‘Cisjordania’ y no de ‘Palestina'” explica Nadim. “Si Dios quiere, antes de Navidad nuestro vino se venderá en Estados Unidos”. Es lo que Khoury espera, orgulloso de haber podido mantener finalmente el nombre de Palestina en la etiqueta, aunque detrás el nombre oficial sigue siendo “Taybeh, Cisjordania”.

A causa de la falta de infraestructuras ha tenido que esperar dos años antes de recibir la autorización de exportar de la Autoridad Palestina.

El terruño es favorable a la viticultura, dice Ghassan Cassis, que trabaja en sus viñedos familiares de la ciudad de Bir Zeit, cerca de Ramala, y vende la uva a los Khoury: “Estamos a 750 metros de altitud, la humedad y el rocío se evapora deprisa, hay muchas horas de sol”, dice este hombre formado en Australia.

Pero no es muy optimista sobre el futuro de la viticultura palestina:

“Latrun, que era una ciudad palestina hasta 1967 y producía vino, ahora está en Israel y el vino que hacen se vende como vino israelí”.

Nadim Khoury también está preocupado por el futuro del monasterio de Cremiso, bajo presión por el muro de separación que está construyendo Israel, y teme que un día su empresa familiar se quede en “la única bodega artesanal elaboradora de vinos de Palestina”.

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