SOLEDAD

soledad

La soledad (del latín solĭtas, -ātis) es un estado de aislamiento en el cual un individuo se encuentra solo, sin acompañamiento de una persona o animal de compañía.

Puede tener origen en diferentes causas, como la propia elección del individuo, el aislamiento impuesto por un determinado sector de la sociedad, pérdida de seres queridos, una enfermedad contagiosa, trastornos mentales, trastornos neurológicos o circunstancias de empleo o situación. Puede también entenderse por privacidad o privación voluntaria de la compañía.

Sentimiento que se ha duplicado en el transcurrir de los últimos tiempos.

Suele afectar a personas mayores que viven solas pero uno de cada tres jóvenes la ha padecido, siendo un problema existencial que a algunos países (Reino Unido) los ha llevado a crear un Ministerio propio de la Soledad, dada la envergadura del problema, Ministerio creado por la primera ministra británica Theresa May hace tres años, su rango real es el de Secretaría de Estado, en base a un informe de una comisión parlamentaria que sacaba a la luz el grave problema que afecta a 9 millones de personas, a un 13,7% de la población, y en el que se cifraba en unos 200.000 mayores que durante un mes no habían hablado con un familiar o con un amigo.

Sentirse solo no es sinónimo de estar solo, existe la soledad pese a estar rodeado de gente tanto en el medio laboral como en casa. De hecho uno de cada 3 jóvenes menores de 30 años, en España, la padeció durante la última semana de acuerdo con el Informe España 2020 de la Universidad Pontificia de Comillas (Cátedra José maría Martín Patino).

El porcentaje desciende conforme aumenta la edad, el 18% de los encuestados entre 30 y 60 años y el 14,7% de los mayores de 60 años se sentían solos.

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El riesgo de soledad existencial que nos amenaza a cada uno de nosotros, la desconexión con el sentido de nuestro mundo y lo que somos. La sociedad del siglo XXI se produce en el más profundo ámbito del ser. Es el propio siglo XXI el que siente soledad respecto a la Historia y necesita saber que es”. (La soledad del siglo XXI de Fernando Vidal y Amaia Halty).

Dos de cada diez personas se sentían solas a comienzos del 2020, situación que se vió agravada por la pandemia, afectando más a la población femenina (21%), los hombres la acusan en un 18,5%, un 35% de los separados y el 32% de los viudos. Los casados sólo un 10,3%.

Este sentimiento afecta más a los parados, a uno de cada cuatro estudiantes y al 17,6% de los trabajadores. Ser inmigrante y la desigualdad social duplican la sensación de soledad. Vivir en la gran ciudad afecta a uno de cada cuatro urbanitas. El aislamiento social afecta a una de cada cinco personas (al 26% de forma leve y al 3% intensamente), las mismas que no poseen un grupo de amigos.

El coronavirus ha visibilizado la soledad, de tal modo que el 90% de los encuestados refieren que está aumentando y que con la anuencia de la pandemia el crecimiento es exponencial.

El confinamiento ha sido el disolvente que ha hecho perder los lazos débiles de amistad con las personas motivando un enorme impacto sobre todo en nuestra población mayor impidiendo una mínima actividad social.

Cabe reseñar que el 31% de los jóvenes se sienten solos pese a hallarse más conectados mediante internet y las redes sociales. La necesidad del contacto social, con los demás, especialmente con los amigos también se acrecienta dado que comunicarse tecnológicamente a través de una pantalla o de un teléfono no contribuye necesariamente a lograr una mayor sociabilidad, sino que muchas veces aumenta su aislamiento. Poco falta para que podamos constatar el impacto psicológico que ello tiene en la población adolescente, recordar a los hikikomori, chicos y chicas nipones que se aíslan en sus habitaciones y dejan de relacionarse, como ya ocurre en Europa y en España si bien con mucha menor frecuencia. En el país del sol naciente afecta a un 0,5% de la población.

El aumento de la soledad emocional, es otro de los nuevos rasgos sociales, según manifiesta Ana Belén Sánchez, psicóloga de la Ávila amurallada, desde que irrumpió en la escena el dichoso coronavirus. El anciano pese a su soledad física se relacionaba con amistades, acudían a actividades culturales, de ejercicio físico o de estimulación cognitiva, pero al ser grupales actualmente no pueden llevarse a cabo, por lo que la potenciación del envejecimiento activo no puede llevarse a cabo.

Todo ello ha motivado a llevar a cabo un Plan Municipal de Mayores por parte del ayuntamiento abulense como estrategia de respuesta para hacer frente a la soledad implicando a la ciudadanía en general mediante una campaña vecinal, de amigos, familiares y asociaciones para detectar a las personas que viven y se sienten solas. Mediante cuestionarios telefónicos evalúan las necesidades de cada una de ellas y, mediante una escala de evaluación de la soledad emocional, se pasa a una fase de intervención con actividades adaptadas y una red que conecte entre ellas, una experiencia ya desarrollada durante el confinamiento.

El asesoramiento psicológico prestado y la interacción interpersonal es una forma de acompañamiento y ayuda. Para los que precisan un apoyo más específico la propia psicóloga interviene individualmente a la espera de iniciar un proyecto de terapia grupal y la realización de un sondeo a nivel provincial con el mismo objeto.

Dentro del Plan de prevención se realizará un mapa de la soledad para calcular cuantos mayores viven solos y cómo gestionan su soledad, una sensación que afecta más a mujeres puesto que son mayoritariamente viudas, precisamente más afectadas por la pandemia ya que ellas acudían más a estas actividades. Su mayor esperanza de vida y su práctica dedicación exclusiva a la realización de las tareas domésticas incrementa su aislamiento en el hogar pese a contar con más recursos y expresan más sus emociones.

A pesar de contar con ámbitos de socialización a su alcance, por pura experiencia vital buscaban formas de relacionarse, por otra parte truncadas por el cierre de centros debido a la pandemia. Uno de los puntos de encuentro eran los Centros de Salud. Golpe brutal a su socialización sobre todo para aquellos ya afectados de soledad severa (Galicia y su dispersión poblacional) por la intensificación de los procesos de aislamiento, un problema ausente en la discusión pública (algo excepcional), fallecimiento de mayores desde hacía varios días en sus domicilios, que orientaba hacia un mal más profundo.

Tristeza, aburrimiento, reclusión, habitación sin pisar pasillo, comida-cama, cama-comida, televisión con programación “todo mal” en España, lectura cansina y radio-sueño, sueño-radio, sin familiares, sin llamadas amigables de lo que aún queda, hundimiento e introspección, ¡para qué preocupar!, sin poder ir a casa desde la Residencia de mayores para pasar siquiera una semanita añorada so pena del aislamiento de dos semanas al regreso.

La cantidad de soledad aumenta a dos quintos. El 42% se siente solo algunas veces, el 2,2% con frecuencia, el 1,3% casi siempre y el 1,7% siempre. El 5,2 de soledad es intensa y el 37% leve. La severa afecta más a mujeres, jóvenes y mayores, que se duplica en las situaciones de desempleo (11,7%).

A medida que se van cumpliendo años, más se padece la soledad y la falta de compañía, así los mayores de 60 años (3,3%) triplican a la franja de edad entre 30 y 44 años. Cuatro de cada diez personas no cuenta con un vecino al que pedirle un favor importante.

Porcentajes previos a la pandemia por coronavirus, que fueron cotejados con los de dos oleadas posteriores reflejando un notorio aumento en la percepción de la soledad entre el primer y segundo sondeo, así como que los jóvenes la acusaban más que el resto (La Soledad del siglo XXI y Estudio del impacto psicológico derivado del covid-19 en la población española.

El 45% de la población española sintió a veces la soledad y el aislamiento, mientras que el 11% sufrió soledad de una manera intensa. La incidencia es mayor en los menores de 40 años. El coronavirus ha duplicado la soledad severa.

Entre un 12 y un 20% de los españoles sufrió un impacto psicológico severo en forma de preocupación, angustia, depresión y abulia, mayor entre los más jóvenes y más de la mitas de los encuestados se han sentido decaídos, deprimidos o desesperanzados, mientras que uno de cada cuatro no pueden afirmar que su vida tenga sentido.

La soledad es sentirse solo, no estar solo. Los jóvenes necesitan más el contacto, sobre todo los adolescentes, que necesitan hacer aquello que quieren tratando con sus iguales, más allá de padres y hogar, compartiendo espacio y vida.

También el teletrabajo puede influir en la intensificación del sentimiento de soledad.

Evidentemente el desempleo y la incertidumbre afectan al estado de ánimo dado que el aislamiento aumenta la soledad, y aún no es nada puesto que nos hallamos en la fase de supervivencia y lucha, sin encontrarnos bien psíquicamente para abrir nuevos espacios laborales ni está el horno para bollos.

Además instamos a los niños a no compartir con ajenos, que no abracen, que no besen… y todo ello no favorece en absoluto su desarrollo emocional.

El desempleo y las rentas bajas condicionan la experiencia de soledad negativamente, dado que el ámbito laboral es el espacio de relación social por antonomasia.

No sólo el dinero es la causa, ya que la soledad también afecta a las personas con altos ingresos, por no verse reconocidos, están desorientados y no saben cuál es su encaje actual en el mundo, aislando a la persona tras la pérdida de las relaciones tradicionales. Todos ellos son factores que se retroalimentan por lo que el reaprendizaje de resituación es esencial pero no inmediato y ocasionalmente no recuperable.

¡Cuidado! con el teletrabajo puro y duro puesto que crearía dinámicas de aislamiento que habría que contrarrestar con un mix presencial y rediseño de puestos de trabajo.

Y qué decir de esas ciudades diseñadas para la soledad, la construcción vertical, un urbanismo sin plazas ni barrios y sí centros comerciales con dificultad para el encuentro que no genera espacios de convivencia y sí de consumo nada slow.

El seguimiento de la lógica individualista del urbanismo y de las condiciones residenciales de las viviendas ha llevado a la producción masiva de soledad, con espacios concebidos para una movilidad en coche, estructuras de promoción de manzanas cerradas propias de la bunkerización del espacio privado siempre hostiles. Calles que en realidad son viales transitorios de vehículos y aceras enemigas de la vida social y del paseo sin más.

Vecinos que viven hacia adentro que cuando te ven salir del ascensor se apartan interponiendo espacio, edificios con bajos que ya no son comerciales, y ya no existen plazas y las más se han vaciado en forma de rotondas.

La gran toma de conciencia de la soledad en forma de amenaza universal la hemos sufrido especialmente enfermos, sanitarios y familias de fallecidos.

La pandemia ha sacado a la luz la vulnerabilidad del ser humano, suscitando preocupación profunda por lo esencial, la finitud de la vida, haciendo que nos preguntemos sobre el sentido de nuestro modo de vida, nuestras relaciones y lo que somos como humanidad según los autores de La soledad del siglo XXI. Como corolario al informe se concluye que “el 86,1% de los encuestados cree que la gente no se preocupa suficientemente por los demás”.

El fracaso de lo común

La debilidad de los vínculos sociales y la paulatina y progresiva atomización de los ciudadanos explican parcialmente la notable incidencia del Covid-19.

Lo común o lo público entendido no como oposición a lo privado, está en franco declive y, es precisamente su decadencia lo que define el momento presente y el fracaso que somos, que comprende tres estadios que discurren desde lo individual a lo grupal pasando por lo institucional o político. “Nos han faltado y faltan espacios comunes, que son los que tradicionalmente han conectado al individuo con el poder, el espacio que antes ocupaba la religión, los sindicatos y también la familia, ahora nadie los ocupa, ha tenido lugar una desconexión que por una parte debilita los vínculos sociales y, por otra, genera incomprensión por parte del poder.

Desconexión congénita al desarrollo del capitalismo, explica en parte, la torpeza con la que se ha actuado frente a la pandemia.

Así mismo, la incomprensión generacional, producto de la progresiva atomización de la sociedad que ha hecho saltar por los aires muchas estructuras sociales esenciales.

En palabras de Valerio Rocco, filósofo y director del Círculo de Bellas Artes, “La pandemia ha evidenciado esa indiferencia generacional, es hora de que se fomente una genuina alianza intergeneracional porque sólo así lograremos reconstituir esos elementos mediadores que han perdido nuestras sociedades”.

Y acaba diciendo que la realidad, cuando se deforma y adopta tintes de irrealidad, se muestra ajena. Es como si al salir del marco de lo previsible, se convirtiera en ficción o nos provocase parálisis. Algo así sucedió en Europa a mediados de enero, una erupción de irrealidad en nuestra predecibles vidas que nos hizo fracasar en la contención de la pandemia. La lentitud con que respondió Occidente se debe a una “especie de límite de la imaginación que nos decía que algo así no podía ocurrir en casa, y es precisamente esa incapacidad a la hora de asumir la vulnerabilidad que somos lo que nos ha hecho reaccionar más tarde”, en palabras de la profesora Nantu Arroyo.

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Alegoría de la esperanza. Giotto di Bondone. Padua

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