¿PERO QUIÉN VA A COMPRAR VINO EN ESPAÑA Y PORTUGAL?

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El envejecimiento poblacional de la península ibérica, con el cambio demográfico que supone provoca sobre la economía un efecto que indudablemente va más allá del retraso de la edad de jubilación y la sostenibilidad de la Seguridad Social. Sin duda uno de los mayores retos del país es mantener las pensiones públicas con una cuantía que asegure el bienestar de la población de mayor edad. El envejecimiento de nuestra economía también tiene efectos importantes sobre el crecimiento, la contención del déficit, el consumo, la recaudación tributaria, la productividad y la inflación. Todo ello determina la marcha económica de nuestro país y del vecino.

La caída del crecimiento tendencial de la economía, el llamado estancamiento, se puso sobre la mesa con el documento sobre Envejecimiento Poblacional que vió la luz de la mano de Mapfre, la pasada semana en Madrid, tras el análisis de la cuestión por parte de los “sesudos” en el tema, al que hay que unir el Informe del Banco de España, en su Informe Anual respecto al mismo tema.

El crecimiento potencial de la economía es reflejo de los cambios en la empleabilidad y en la productividad. La reducción del crecimiento potencial por la menor tasa de empleo y por la caída de la productividad se ha evidenciado en las últimas décadas.

Los patrones de consumo, ahorro, inversión, renta y riqueza son diferentes en cada grupo de edad.

Al cumplir 65 años se deja de invertir (en fondos de inversión, por ejemplo) prefiriendo el efectivo (si lo hace y, no siempre,a los 30).

Entre los 60 y 65 años de edad, existe mayor ahorro, más del necesario, en el que el sector financiero no intermedia por lo que  reduce la inversión, hecho consecuente con el envejecimiento poblacional.

Por contra, los jóvenes suelen endeudarse ya que el flujo de renta esperado es tanto mayor cuanto más largo es el período que resta de vida laboral. La población de edad avanzada en cambio suele poseer un patrimonio neto positivo que es consumido durante su jubilación, en mayor o menor medida, de acuerdo con sus preferencias para otorgar riqueza a los que vayan a heredar.

La esperanza de vida a los 65 años en la década 1955-60 (cuando yo nací) era de 13,8 años y en el 2055-60 será de 25,2 años y, en el 2095 de 29 años. Los ratios de dependencia, eran de 7 para una población entre 20/64/población 65 +, en 1959 y, en 2059 de 1,3 (1 pensionista cada 7 activos y uno de cada 3 en 2059 respectivamente).

Cuestión esencial es, también la del ahorro, el del consumo y el de la renta disponible. Así, la pensión de un jubilado, en el mejor de los escenarios, mejorará al mismo ritmo que el de la inflación. En cambio, la población en edad de trabajar (los más jóvenes especialmente) y mejor preparados, es consciente de que su renta mejorará notablemente en los próximos años, a pesar de que durante unos años su sueldo sea inferior al de la pensión de su padre o madre, si bien, la expectativa de su incremento, la esperanza de vida más larga y los hábitos sociales de cada edad modifican el consumo.

El consumo joven (gastos en bienes duraderos: automóviles, muebles, línea blanca o vivienda) y en servicios es mayor que la de la población mayor en edad., la cual centra su consumo en alimentación, medicamentos, cosmética, bienes no duraderos, con un gasto más elevado, siendo el gasto en servicios menor respecto a la gente joven. Parte de lo que consume la población de mayor edad se suministra fuera del mercado.

A más envejecimiento, menor consumo.

Una población más vieja supondrá también un cambio en la recaudación impositiva.

Los trabajadores y jubilados presentan diferencias ostensibles en la cantidad y en los tipos de impuestos que pagan, así el IRPF (Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, el que más aporta a la Hacienda Pública supera los 80.000 millones de euros, siendo la previsión que se reduzca en un futuro no lejano y de forma notable.

También, los impuestos indirectos se verán afectados porque la población mayor consume menos alcohol, tabaco o combustibles en beneficio de servicios de salud que presentan tipos efectivos más bajos. Sin duda, será necesario rediseñar la cesta del impuesto dada esta nueva dificultad en la contención del déficit y de la deuda.

¿Y, qué ocurre con la inflación? La posibilidad de llegar a tipos cero es algo con lo que tenemos que aprender a convivir según el Banco Central Europeo, sus motivos son: el mayor ahorro, el menor consumo y crecimientos más sostenidos propios de una sociedad envejecida.

Otras opiniones más positivas son aquellas que manifiestan que el consumo depende de la renta y la renta es el PIB, que no distingue de edades, por lo que lo importante es que el PIB mantenga el dinamismo (José Antonio Herce, Director de Afi, Escuela de Finanzas) que manifiesta que el reto está en que el sistema productivo, su fuerza de trabajo pierda productividad, es decir que los trabajadores sean cada vez menos productivos porque sean más mayores y, para ello, la aportación de la tecnología es básica. “Es magnífico que cada vez vivamos más”.

El origen

La evolución demográfica cambiará sin duda la economía española y por ende la peninsular.

El “baby boom” del mundo desarrollado tras la Segunda Guerra, pero más en España por la especial penuria económica padecida que retrasó su desarrollo y evolución. Son generaciones que consumieron e impulsaron economías durante las tres décadas anteriores. La esperanza de vida, por otra parte, aumentó espectacularmente (en España se pasó de no llegar a los 60 años a superar los 80 años en poco más de 50 años. También la fecundidad cayó críticamente, hasta convertirse en una de las tasas de fertilidad más bajas del mundo, la española claro está.

¿Cuál es la consecuencia final? pues, que dentro de 20 años (2040), en España habrá menos de dos personas de entre 20 y 64 años por cada habitante con más de 65 años.

La esperanza de vida al superar los 65, será de 23 años, es decir, que los que entonces cumplan 65 años vivirán hasta los 88 años y que uno de cada tres españoles superará la edad en la que hoy está fijada la jubilación.

El consumo de vino en España

Publicado por Statista Research Department, 16/07/2019

El sector vinícola es de extraordinaria relevancia en España, no solo desde el punto de vista económico o medioambiental, sino también desde el punto de vista social y cultural. Tinto, blanco, dulce o fortificado, el vino es una de las bebidas preferidas para acompañar las tradicionales tapas y un elemento socializador clave. A grandes rasgos, los vinos se dividen en vinos con Denominación de Origen Protegida, vinos con Indicación Geográfica Protegida (o vinos de la tierra) y vinos de mesa. En España, los más consumidos son los vinos sin Denominación de Origen y los vinos tranquilos. Además, se prefieren los tintos a los blancos o rosados.

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Junto con Italia y Francia, nuestro país se encuentra entre los principales países productores del mundo. De hecho, en 2018, España se situó entre los tres primeros países en el ranking mundial de producción y la producción española de vino se situó en unos 44 millones de hectolitros, lo que representó aproximadamente un 15% de la producción mundial. Por regiones, Castilla-La Mancha es, con diferencia, la comunidad autónoma en la que más vino se produce.

Con respecto al consumo y el gasto, los españoles no son ni los que más consumen, ni los que más gastan en vino. Asimismo, se prevé que para 2019 el gasto total de España en vino se reduzcan a unos 740 millones de euros en comparación con 2016. Los baleares y los catalanes son los que más invierten en vino, con un gasto por habitante 10 euros superior a la media nacional. Por último, en cuanto a la comercialización del vino, las principales empresas españolas son J. García Carrión y Freixenet, ambas con unos valores de ventas superiores a los 500 millones de euros en 2017.

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