Pan con vino y azúcar

Pan con vino y azucar

Durante mi niñez, en el vacacional estío, del campo de Cariñena y para más apuntar en la villa de Longares a unos 40 km de Zaragoza, hoy surcada por la autovía mudéjar, mientras mis padres con  sus obligaciones familiares y laborales y un tanto alejados, confiaban mi educación infantil a mis abuelos, al campo, a la calle y a la huerta con sus higueras.

Con rasguños en las piernas que mis pantaloncillos cortos mostraban no alcanzo a recordar sobrepeso ni gordura entre mis amiguetes.

Esa tutela familiar y social no excesivamente protectora tenía alguna ventaja. Sin ser la generación más preparada de la historia, pero con la obligación de tomar decisiones forjábamos carácter con integración social.

Con siete años, la merienda con pan con vino y azúcar, desde la perspectiva actual, pudiera parecer una transgresión pedagógica. En lo tocante a mi me vacunó contra el alcoholismo. A su vez me afirmó en la cultura vital que asocio desde entonces al vino. Otros inductores vitales fueron las lecturas y el amor de aparición postrera.

El vino en mi infancia

Mi abuela Carmen, trabajadora infatigable, empapaba las rebanadas de pan de hogaza con la bendita garnacha. Después la sembraba de azúcar, que previamente trasegaba desde la pipa de vino al porrón.

Mi jornada cotidiana comenzaba con la reposición energética a base de chocolate fundido en la chocolatera lenta con añadido de leche de cabra. Todo al calor del fuego hecho con sarmientos en el patio de la casa al cobijo de las higueras. Posteriormente acudía a la balsa a recoger agua a la grupa de la burra Paca.

En el secano del campo de Cariñena, con profusos viñedos, llegada la época acudía a la vendimia en el remolque del tractor, lleno de cestos. Una vez en la viña, cortar racimos y en el descanso comer migas y uva todo a una.

De vuelta al lagar de la cooperativa, en su amplio recinto con aroma de mosto se depositaba la uva vendimiada en el trujal.

Finalmente el retorno al hogar, con el sano cansancio de plétora sensorial, mi abuela Carmen con la cena preparada. De cena podría haber huevo frito con un par de longanizas. También la presente sensación del vino con gaseosa. En ella el olfato y el paladar, captaban el gorgoteo, el dulzor inicial y la euforia, con el sopor placentero posterior . Para terminar, tras el ascenso a la cama, inmensa, el entrañable dormitar nocturno.

Falceño

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