
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay
Todavía hart@s de las transgresiones navideñas y de los efluvios del exceso de copas, algunas personas han tomado la decisión de evitar el alcohol hasta los albores del mes de febrero de este 2026. ¿Pero, acaso, se trata de una buena idea? Veamos
Para empezar, deberíamos admitir que hay algo quizás sorprendente en esto de prohibir beber la más mínima gota de alcohol durante unos 28 a 30 días, en comparación con los otros 11 meses del año.
Si tenemos en consideración que hemos cargado en exceso el coleto en las últimas semanas, o que hemos notado que el consumo excesivo de alcohol hace mella, o bien este ha sido problemático, una desaceleración gradual, dependiendo del perfil del bebedor, parece, de entrada, mucho más deseable a largo plazo que una detención repentina seguida de una reanudación a toda prisa…
¿Qué tal si la reducción en la ingesta, para aquellas personas que beben una o dos copas al día, pasasen a beber cuatro copas a la semana, luego tres, después dos y así ir reduciendo gradualmente hasta lograr la toma ocasional en diciembre? (lo que pudiera considerarse un bebedor ocasional), hasta lograr el cese completo.
Retroceder para lograr control
En segundo lugar, cabe recordar que, al igual que se siguen lógicas comerciales como para San Valentín, Halloween o el Black Friday, los requisitos de salud pública debieran primar en esto del enero seco, pero también incluyendo el cuestionamiento de las pretendidas virtudes de los refrescos ultra dulces. No hay que olvidar que los lineales están llenos de vinos des alcoholizados, ginebras de imitación y cócteles en lata sin alcohol listos para tomar.
Consumo de geografía variable
Y luego, tenemos que ser francos sobre la geografía de esta tendencia. Enero Seco procede de países donde la relación con el alcohol es, digamos, más “tormentosa” que la nuestra. Regiones donde se aboga por la templanza durante los domingos por la mañana, cuando ya antes, los sábados por la noche, se bebió durante la cena. Los países latinos cultivan una relación con el vino más acorde con el arte de la mesa, que en ningún caso perdona los excesos, pero que quizás no justifica totalmente la demonización a la que está sometido hoy. Si bien, es importante recordar, que el problema, como siempre, radica en la capacidad de control.
¿Maternidad o alternanza?
Detrás de todo esto, también existe una cuestión de responsabilidad. ¿En qué momento se decidió que los adultos no podían servirse una copa sin acabar bailando sobre las mesas? Informar, sí, para advertir sobre los peligros del consumo, sobre todo del excesivo, por supuesto. Pero convertir enero en una penitencia colectiva con una mesa de seguimiento supone que sería imposible para nosotros decir que no sin que nos sujetaran de la mano. Por último, y esto probablemente sea un poco triste, reducir el vino a su contenido alcohólico es como resumir una ópera a su nivel de decibelios. Esto es olvidar que un vino también es un lugar, un año, un gesto. Esto significa olvidar que la diferencia entre la bebida de demasiados y la simple celebración no es solo una cuestión de cantidad, sino más bien de intención y momento, pero también, y me repito una vez más de capacidad de control, que con el alcohol es una cuestión más que difícil.
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