EL CONSULTORIO DEL DOCTOR APACHE, EL ALCOHOL

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Antaño era típico cuando la embriaguez se hacía presente entre los grupos de copeo, entonar el Asturias patria querida, una canción popular que ha sido establecida como himno oficial del Principado de Asturias (España)   Asturias, patria querida – Wikipedia, la enciclopedia libre

 Los españoles bebemos en demasía, o cuando menos es lo que reflejan las estadísticas que manejamos los galenos. Veamos algunos datos según fuentes oficiales, en España hay alrededor de cuatro millones de alcohólicos, se calcula que un 67 % de la población adulta consume alcohol de forma habitual y que entre el 8 y el 10 % sufre dependencia alcohólica. España ocupa el quinto lugar en el mundo en consumo de alcohol por habitante y año, y el primero en superficie dedicada al cultivo de la vid (aproximadamente el 11 % del territorio nacional se dedica a ello).

Según estudios epidemiológicos fiables, el 20 % de las camas de un hospital general están ocupadas por enfermos cuya dolencia deriva directa o indirectamente del abuso o dependencia del alcohol. El 20 % de las urgencias psiquiátricas se deben también al alcohol, siendo ésta la cuarta causa de muerte (25.000 fallecimientos al año). Si todo ello se traduce a cifras quizá sea interesante saber que alrededor del 16 % del presupuesto sanitario se gasta en problemas relacionados con la ingesta de alcohol.

Por si todo ello no bastase, el alcohol es nuestra droga por excelencia, se encuentra presente de una u otra forma en el 70 % de los actos delictivos, en el 50 % de los accidentes de tráfico, en el 30 % de los suicidios, en el 80 % de los malos tratos y en el 25 % de los accidentes laborales.

Queda demostrado pues y, al menos estadísticamente, que el consumo patológico de alcohol es un problema sanitario y socio-legal de primera magnitud. Y no podía ser de otro modo dado que el alcohol, además de ser una droga sumamente eficaz, hunde sus raíces culturales de forma muy profunda y con una tolerancia social como no goza ninguna otra sustancia.

Si se va de fiesta, se bebe alcohol para estar a tono con el ambiente como facilitador relacional, si estamos tristes y alicaídos porque el amor nos abandonó, ahí está el alcohol para ahogar nuestras penas como mitigador del sufrimiento. Si volvemos del trabajo con el estrés que se nos sale, tras el ajetreo de la jornada laboral, pues nada mejor que recurrir a la tranquilina enólica. Y si la felicidad nos embarga porque nos tocó la primitiva, nada mejor que compartir la alegría con los amigos y afines invitándoles a unas copichuelas. Si algún catarro nos hace moquear, nada mejor que seguir el consejo de algún “enterao” que nos recomienda, pleno de buena intención como de ignorancia, un brebaje que a buen seguro contiene alcohol. Y si hay que regalar, le regalamos al que nos favorece, médico incluido,unas botellitas de buen vino o de un afamado licor…

A fuerza de herejía y, si queremos torcer algo más esta espinosa cuestión, nos iremos a Misa para que el misterio central de la religión católica – la transformación en el cuerpo y sangre de Cristo – se celebre con vino…

¿Quiere todo esto decir que tomar una copilla de un Ribera del Duero en la comida sea malo? ¿Acaso se exagera? Beber alcohol no es bueno para la salud, pero hacerlo de forma de forma muy moderada, por una persona madura, y con un patrón cultural, social o alimentario puede ser tolerable, aunque nunca recomendable sanitariamente hablando.

Además, el problema central no es solamente que se beba mucho, sino que también se cambia la forma ancestral de consumo de alcohol. Estamos importando el modelo anglosajón de ser abstemios durante la semana para lanzarse a tumba abierta a intoxicaciones intensas y copiosas durante el fin de semana para lograr esa ansiada “relajación” para soportar mínimamente la agobiante y absurda vida que se ha elegido vivir.

 

Beber alcohol,  al igual que fumar, perjudica seriamente la salud, sin lugar a dudas. Beber alcohol no solo perjudica la salud sino que genera una enfermedad muy grave, el alcoholismo.

Caso clínico: Antonia es una paciente que anda en los sesenta, de buen ver, de familia acomodada, con una hija sana y equilibrada con un marido que la quiere de veras y que, a pesar de la erosión que supone la convivencia, sigue enamorado de ella sino con la pasión del primer día si con la madurez y la calma que proporciona el paso de los años y de la vida.

En su juventud trabajó en la Administración Pública, para mejorar su realización personal. Desde hace unos años se dedica a atender el hogar y sus escasas aficiones así como al disfrute de sus nietos, apartada prematuramente de su profesión por aquejar una enfermedad reumatológica no invalidante. Acude a la consulta porque desde hace años bebe de una forma desordenada. Había consumido alcohol de forma social, pero de un tiempo hasta ahora ha perdido completamente la libertad frente al alcohol embriagándose de forma aguda hasta el punto que ha sido ingresada en el servicio de urgencias del hospital por intoxicación etílica.

Antonia reconoce que lo que hace está mal, sintiéndose culpable por hacerlo, pero no puede evitarlo. “Doctor, es como si algo dentro de mi cabeza se disparara. Empiezo y ya no puedo parar. Luego me siento fatal, ruín, sucia, cuando se me pasa la embriaguez me hago el propósito de no hacerlo más, pero llegado el momento me olvido. mi marido no se lo merece, estoy arruinando su vida y también la mía. Es como una pesadilla. Ayúdeme”.

Antonia es una de esas personas que no puede ni debe beber ni una copa de vino, una persona a la que el alcohol le causa mucho daño, que no controla su ingesta sino que lo consume de forma patológica. Ella requiere ayuda y no reproches. No es una “viciosa” que bebe porque quiere, sino una persona que ha perdido su libertad y su autocontrol y que ha penetrado en una senda tortuosa y de difícil salida.

Evidentemente se trata de un caso extremo, pero debe tenerse en cuenta que aunque se puede beber de una manera prudente e incluso en cierta manera “saludable”, el alcohol es siempre una sustancia tóxica, que se metaboliza en el organismo y que si medimos mal la dosis, puede suponer un riesgo para la salud física y mental.

Beber con prudencia, con moderación, sin agobios, en la comida, con la familia, nunca ha perjudicado a nadie. Nunca ha creado un problema serio de dependencia. Consumir alcohol de esta forma, no tiene en principio por qué producir ninguna complicación.

Pero lo que sí se debe tener muy claro, por su certeza es que ser abstemio y no ingerir nada de alcohol nunca es perjudicial para la salud.

Dar ejemplo como padres a nuestros hijos, como profesionales sanitarios a nuestros pacientes, como responsables políticos a los votantes, como profesores a los alumnos y como adultos a los jóvenes, obras son amores y no buenas razones…

Recordatorio:

  • El alcohol es una sustancia utilizada en prácticamente todas las culturas y desde tiempos remotos.
  • Se considera una droga depresora, pero según la dosis tiene efectos estimulantes, energizantes, desinhibidores, ansiolíticos y hasta anestésicos.
  • Se considera consumo de riesgo cuando la cantidad ingerida es superior a 40 g/día en el hombre y 24 g/ día en la mujer. Lo que equivale a unos 400 cc de vino o a unas dos latas de cerveza.
  • El alcohol se elimina a razón de unos 0,15 g/ hora. Quiere ello decir que un varón de 65 kilos que haya tomado una cerveza y dos combinados tardará unas 6 horas en eliminarlo (unas 8 horas para poder conducir sin problemas, y si es una mujer unas 10 horas).
  • El síndrome de abstinencia (conocido como delirium tremens) es muy grave, pudiendo llegar incluso a ser mortal. Requiere ingreso hospitalario y un tratamiento intensivo con ansiolíticos, antibióticos, principios vitamínicos del grupo B, control de constantes vitales, perfusión contínua, etc.
  • En los casos de intoxicación etílica (la clásica borrachera) no son útiles la mayoría de las medidas utilizadas, lo mejor es dejar que la persona descanse bien abrigada y aguardar a que la intoxicación se pase.
  • Tampoco existe ningún remedio eficaz contra la llamada “resaca·, siendo lo mejor no beber en exceso.
  • Las “otras” fases de la intoxicación etílica son: copeo, rudo copeo, exaltación del ánimo, cantos folclóricos y regionales de esa Asturias patria querida, insultos al clero y a las fuerzas armadas, pérdida de equilibrio…

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